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La semejanza de las aspiraciones espirituales en todo el medio moral-espiritual, las aspiración hacia metas que, perseguidas, fueron más tarde olvidadas; es decir, la semejanza del sentir íntimo de todo un periodo puede conducir lógicamente a la utilización de formas que, en un periodo pasado, sirvieron eficazmente a las mismas tendencias. Así surgió en parte nuestra simpatía, nuestra comprensión, nuestro parentesco espiritual con los primitivos. Al igual que nosotros, estos artistas puros intentaron reflejar en sus obras solamente lo esencial; la renuncia a la contingencia externa surgió por si misma.
Después del periodo de la tentación materialista, en la que aparentemente sucumbió, y que sin embargo, rechaza como una mala tentación, el alma se eleva refinada por la lucha y el sufrimiento. Los sentimientos más toscos como el miedo, la alegría, la tristeza, etc, que podrían servir en periodo de tentación como contenido de arte, atraerán poco al artista. Éste intentará despertar sentimientos más sutiles que actualmente no tienen nombre. El artista vive una vida compleja, sutil, y la obra nacida de él provocará necesariamente en el espectador capaz de sentirla, emociones más matizadas que nuestras palabras no pueden expresar…
La destrucción de los sonidos internos, que son la vida de los colores, la dispersión de las fuerzas del artista en el vacío, es “el arte por el arte”.
EL LENGUAJE DE LAS FORMAS Y LOS COLORES
Paulatinamente, el elemento abstracto, que aun ayer se escondía tímidamente y era apenas visible tras afanes puramente materialistas, pasa en el arte a un primer plano. El desarrollo, y finalmente el predominio del elemento abstracto, es natural. Porque cuanto más se hace en retroceder la forma orgánica, tanto más pasa a primer plano y gana en resonancia la forma abstracta…
El elemento orgánico permanente posee un sonido interno propio que puede ser idéntico al sonido interno del segundo elemento (el abstracto) dentro de una misma forma (combinación simple de los dos elementos),, o puede tener una naturaleza diferente (combinación compleja y quizá necesariamente disarmónica). El cualquier caso, el elemento orgánico se hace oír dentro de la forma escogida, aunque haya sido relegado por competo al fondo. Por eso, la elección del objeto real es importante. En el doble sonido (acorde espiritual) de los elementos constitutivos de la forma, el orgánico puede apoyar al abstracto (por con-o-di-sonancia), o, por el contrario, puede obstaculizarse. El objeto puede formar un sonido meramente casual, que sustituido por otro no produce un cambio esencial del sonido básico….En lugar de términos "color” y “forma” pondremos el termino “objeto”. Todo objeto sin distinción, ya sea creado por la “naturaleza” o por la mano del hombre, es un ente con vida propia, de la que brotan inevitablemente efectos. El ser humano está constantemente expuesto a “irradiaciones psicológicas”, cuyos efectos permanecen en el “subconsciente” o pasan a la conciencia. El hombre puede liberarse de ellos cerrándole su alma. La “naturaleza”, es decir, la circunstancia exterior siempre cambiante del hombre, hace vibrar constantemente las cuerdas del piano (alma) por medio de las teclas (objetos). Estos efectos, que a veces nos aparecen caóticos, constan de tres elementos: el efecto cromático del objeto, el efecto de su forma y el efecto del objeto mismo, independientemente de la forma y el color.
Ahora pongámonos en lugar de la naturaleza al artista, que manda sobre estos tres elementos, y llegaremos a la conclusión de que también en este caso es determinante el factor de la adecuación. La elección del objeto (=elemento con-sonante en la armonía de las formas), por lo tanto, se debe basar únicamente en el principio del contacto adecuado con el alma humana. Entonces la elección del objeto también nace del “principio de al necesidad interior”.
Cuanto más descubierto esté el elemento abstracto de la forma, más primitivo y puro sonará. Así, en una composición en la que el elemento físico es más o menos prescindible, puede omitirse éste más o menos, y sustituirse por formas puramente abstractas o formas físicas totalmente traducidas a lo abstracto. La intuición debe ser el único juez, guía y armonizador de toda traducción o integración de la forma puramente abstracta….
Y se ve que la afinidad general de las obras, que no se debilitan con los siglos, sino que potencian más y más, no radica en el exterior, en lo externo, sino en la raíz de las raíces, en el contenido místico del arte. La sumisión a la “escuela”, la búsqueda de la línea general”, la exigencia en una obra de “principios” y de medios de expresión propios de la época, conducen por falsos derroteros y, necesariamente, a la confusión, la oscuridad y el endurecimiento. El artista debe ser ciego a las formas “reconocidas” o “no reconocidas”, sordo a las enseñanzas y los deseos de su tiempo.
Sus ojos abiertos deben mirar hacia su vida interior y su oído prestar siempre atención a la necesidad interior. Entonces sabrá utilizar con la misma facilidad los medios permitidos y los prohibidos.
Éste es el único camino para expresar la necesidad mística.
Todos los medios son sagrados, si son interiormente necesarios.
Todos los medios son sacrílegos si no brotan de al fuente de la necesidad interior.
Por otro lado, aunque soy teorice hasta el infinito sobre este tema, la teoría es prematura en el detalle. En el arte la teoría nunca va por delante y arrastra tras de si la praxis, sino que sucede lo contrario. En el arte todo es cuestión de intuición, especialmente en los comienzos. Lo artísticamente verdadero sólo se alcanza por la intuición, especialmente al iniciarse un camino. Aun cuando la construcción general se puede lograr mediante al teoría pura, el elemento que constituye la verdadera esencia de al creación nunca se crea ni se encuentra a través de la teoría; es la intuición quien da vida a la creación. El arte actúa sobre al sensibilidad y, por lo tanto, sólo puede actuar a través de las sensibilidad.
Las medidas y las balanzas no están fuera sino dentro del artista y constituyen lo que podríamos llamar su sentido límite, el tacto artístico…En este sentido hay que entender también la posibilidad del “bajo continuo” en la pintura, ya presagiada por Goethe….
TEORIA
Nuestra pintura se halla actualmente en un estado diferente: su emancipación de la naturaleza está en los comienzos…
Si hoy destruyéramos los lazos que nos unen a la naturaleza y nos dirigiéramos por la fuerza hacia la libertad, contestándonos exclusivamente con la combinación del color puro y forma independiente, crearíamos obras que parecerían una ornamentación geométrica…La belleza del color y de la forma no es un objetivo suficiente para el arte…
Si consideramos que el nuevo movimiento espiritual ha adquirido un ritmo francamente vertiginoso y que incluso el fundamento mas sólido de la vida espiritual humana, la ciencia positiva, ha sido arrastrado hasta las mismas puertas de la disolución de la materia, podemos afirmar que sólo nos separan unas pocas “horas” de la composición pura…
La libertad puede ir hasta donde alcance la intuición del artista…
Reconoceremos también el espíritu del tiempo en el campo de la construcción: no una construcción (“geométrica”) clara, que salta a la vista y es la más rica en posibilidades, es decir, la más expresiva, sino una construcción latente que brota imperceptiblemente del cuadro y está destinada más al alma que al ojo.
Esta construcción latente puede constar en formas casualmente creadas sobre el lienzo, sin coherencia aparente: la ausencia externa de coherencia es, e este caso, su presencia interior. La impresión externa es aquí cohesión interna. Y esto se refiere tanto a la forma gráfica como a la pictórica.
El futuro de la armonía pictórica esta precisamente aquí. Las formas ordenadas “arbitrariamente” tiene en el fondo una relación profunda y precisa entre sí que se puede expresar en forma matemática, aunque en este caso quizás se opere más con números irregulares que con números regulares.
En todo arte, la ultima expresión abstracta es número.

Vasili Kandinsky. De lo espiritual en el arte. Ed. Paidós Ibérica, S.A. Barcelona. 1996
 
 
 
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